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Música Clásica y ópera de Classissima

Mstislav Rostropovich

jueves 8 de diciembre de 2016


Ya nos queda un día menos

25 de octubre

Weilerstein y Heras-Casado resbalan en Shostakovich

Ya nos queda un día menosNo es que este disco dedicado a Dmitri Shostakovich, registrado con espléndida toma sonora por los ingenieros de Decca entre el 28 y el 30 de noviembre de 2015 en la Herkulessaal de Múnich, sea mediocre ni fallido. Simplemente, a mi entender no está a la altura de Alisa Weilerstein, el violonchelo de sonido más bello de todo el panorama actual y sin duda una enorme artista de su instrumento. Tampoco termina de confirmar a Pablo Heras-Casado como el director revelación que a muchos nos pareció en un determinado momento; más bien al contrario, no hace sino constatar la relativa madurez del maestro granadino –que pasa tranquilamente de un repertorio a otro en el extremo opuesto, de unas maneras interpretativas a otras muy distintas–, o quizá más bien el despiste que algunos experimentamos al elogiarle calurosamente hace algunos años. En mi discografía comparada del Concierto para violonchelo nº 1 comenté una interpretación a cargo de la Weilerstein, concretamente la que registró en vivo la propia Orquesta de Filadelfia con Eschenbach a su frente. Me gustó poco. Nueve años después la violonchelista estadounidense mejora de manera sustancial su acercamiento a la partitura, mostrándose ahora más centrada, con las ideas expresivas más claras y más ajustadas al peculiar universo shostakoviano, pero sin terminar aún de implicarse en esta música. Ni en la locura y el frenesí de los movimientos extremos ni, menos aún, en el humanismo amargo del segundo, lo que no le impide alcanzar en este último un clímax de considerable intensidad expresiva; en la Cadenza está impresionante. Por su parte, Pablo Heras-Casado dirige con propiedad estilística, trazo cuidadoso y notable intensidad dramática, pero tampoco profundiza todo lo posible –otros directores han dicho más cosas aquí– y en el primer movimiento, extrañamente, se deja llevar por el nerviosismo y la precipitación. En el fantasmagórico y muy inquietante Concierto para violonchelo nº 2 los dos artistas convencen algo más, sin que las cosas terminen de funcionar del todo. No es solo que uno tenga en mente la referencial interpretación de Rostropovich con Ozawa: es que un rato antes de escuchar la de este nuevo disco puse la de Pieter Wispelwey con Jurjen Hempel (Channel Classics) y aquélla es mejor. Weilerstein frasea con una cantabilidad encomiable y no se recrea en la asombrosa belleza de su sonido, sino que sabe construir tensiones, mezclar calidez con desgarro, inyectar aliento poético y resultar comunicativa, pero hay frases que parecen desaprovechadas, la variedad expresiva no está del todo desarrollada y el resultado final no transmite la veracidad de otros colegas, muy especialmente la de Natalia Gutman y, más aún, el citado Rostropovich. Heras-Casado vuelve a realizar en esta op. 126 una labor de gran solvencia, siempre en una línea antes lírica, esencial y desmaterializada que virulenta o expresionista, pero se muestra incapaz de generar esa atmósfera enrarecida, turbulenta y fantasmagórica que la obra demanda; en el terrible, desgarradísimo clímax del tercer movimiento vuelve –como ocurría en la obra anterior– a dejarse llevar por el nerviosismo, mientras que en la coda resulta muy poco inquietante: ¿ha comprendido este señor lo que Shostakovich ha querido decir aquí? Posiblemente sí, pero a mí no me lo ha logrado transmitir. La Sinfónica de la Radio Bávara, espléndida.

Ya nos queda un día menos

30 de septiembre

Jansen con Paavo Järvi: medio disco genial

Janine Jansen y Paavo Järvi grabaron en el verano de 2009 para Decca un disco a medias genial: flojo el Concierto para violín de Beethoven con la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, absolutamente sensacional el Concierto para violín de Britten. En la obra del de Bonn, y como era de esperar, nos encontramos con una dirección muy influida por el historicismo, es decir, seca, incisiva, con un interesante tratamiento de las maderas y de la percusión –estupendos los timbales de época–, pero muy fría, carente de humanismo y de pliegues filosóficos; a la postre, muy superficial. La violinista holandesa luce un sonido de increíble belleza y homogeneidad, mostrándose en todo momento sensata y musical, pero no conecta con el espíritu de la pieza y por momentos parece recrearse en exceso en la belleza sonora. A olvidar. En la segunda parte del compacto nos topamos con una obra acongojante, de lo mejor escrito por Britten, recreada por un violín intenso a más no poder, doliente hasta lo insoportable, pero también rebosante de belleza sonora y de lirismo de altos vuelos, siempre con la complicidad de una batuta muy sincera, adecuadamente expresionista –sin perder la indispensable elegancia británica–, que se mueve como pez en el agua en la escritura angulosa e incisiva de la página, especialmente en ese segundo movimiento un punto diabólico que recuerda no poco a Prokofiev. He comparado con la espléndida grabación de la página de Britten que junto a la misma London Symphony realizaron en 2002 Vengerov y Rostropovich: aquellos atendieron mejor al lirismo de la página, también a los aspectos atmosféricos de la misma, pero esta de Jansen y Järvi es mucho más imblacable, más intensa y más tremenda. Una auténtica experiencia emocional servida, además, con una toma sonora portentosa. Por cierto, existe una filmación de la página del compositor británico con Jansen, Harding y la Filarmónica de Berlín, registrada tan solo tres meses después de la comentada. Se encuentra disponible en la Digital Concert Hall. En su momento me impresionó; ahora he vuelto a verla y me ha dejado aún más huella. A los que no estén suscritos a la referida plataforma, les dejo un vídeo con Jansen y Järvi haciendo esta obra en los Proms.




Ya nos queda un día menos

28 de septiembre

Imprescindible Shostakovich de Rostropovich y Ozawa

Interrumpo las entradas programadas con antelación –con bastante antelación, porque la mayoría las escribí este verano, cuando tenía más tiempo libre– para dejar unas notas sobre un verdadero clásico de la Deutsche Grammophon que me conozco de memoria desde hace tiempo, y al que hoy he podido volver en una edición japonesa en SACD –circula por la red en cierto sitio ruso– con la que la portentosa toma sonora, increíble para el año 1975, alcanza aún mayor esplendor: Chant du ménestrel de Glazunov y Concierto para violonchelo nº 2 de Dmitri Shostakovich a cargo de Mstislav Rostropovich, Seiji Ozawa y la soberbia Sinfónica de Boston. La primera de las piezas, tan breve como deliciosa, recibe una interpretación inmejorable a cargo de una batuta elegante y sensible y de un solista dueño de un hermosísimo de sonido y emotivo a más no poder en su fraseo, pero es en la segunda de ellas, escrita precisamente para el violonchelista de Baku allá por 1966, donde este disco alcanza la categoría de imprescindible. Y es que los dos artistas, aun con personalidades bien distintas entre sí, coinciden en ofrecer una lectura que, sin renunciar a los aspectos corrosivos de la obra pero sin hacer tampoco hincapié en ellos, se consigue una asombrosa fusión entre los dos facetas de la partitura. Por un lado, toda su componente ambigua, inquietante, sombría y en más de una ocasión ominosa, teñida de un considerable humor negro. Por otro, la profunda reflexión humanística, trágica y por momentos rebelde, pero también de resignada aceptación del irremediable destino final: no hace falta decir que, como tantas obras del autor, esta es una partitura sobre la muerte. Por destacar algo, podríamos señalar la increíble manera de cantar del violonchelo, con enorme vuelo poético, un fraseo muy flexible y ofreciendo una amplia gama de colores y de matices expresivos. Tampoco es que nos sorprenda: hablamos del mejor violonchelista del siglo XX. La batuta aporta su consabido dominio del color acentuando los ocres de las maderas –siniestras, no incisivas– y sabe ofrecer su habitual elegancia y refinamiento sin estar fuera de tiesto; por el contrario, aporta un fraseo tan amplio y pausado como bien sostenido –no es fácil mantener la tensión interna en una obra tan desmaterializada– y poniendo su olfato para la atmósfera, que tan bien le viene en las interpretaciones del impresionismo, al servicio de esta recreación más ambigua que visceral, más misteriosa que rebelde, un poco en la línea de lo que Rostropovich hará con la batuta en la década siguiente en las sinfonías del compositor. Lo dicho, un clásico verdaderamente imprescindible. Si no lo han hecho ya, escúchenlo cuanto antes, y si es posible disfruten asimismo del registro de 1967 del propio Rostropovich con Svetlanov (Russian Disc), menos misterioso y más virulento que esta dirigida por Ozawa. Ah, permítanme presumir: tengo la edición en CD de la serie Galleria dedicada por Rostropovich himself.

Ópera Perú

26 de septiembre

Mischa Maisky: Canto al corazón

Ciclo Sinfónico - Sociedad Filarmónica de Lima. Mischa Maisky, chelo. Solistas de Tel Aviv. Barak Tal, director. Obras de Mozart, Tchaikovsky, Bruch, Prokofiev y Haydn. Rating: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️ Por Gonzalo TelloEl esperado regreso a Lima de Mischa Maisky, uno de los músicos mas virtuosos del orbe y el mas grande chelista de hoy, no podía ser mejor que en el marco del Gran Teatro Nacional, acompañado de los Solistas de Tel Aviv, orquesta de cámara compuesta por jóvenes de estilo y carácter impetuoso que tocan disfrutando de cada compás y en complicidad con sus compañeros.Si hablamos de lo que fue en su tiempo asistir a un recital de Pau Casals o Mischa Rostropovich, hoy podemos decir lo mismo de Mischa Maisky, no solo gran artista por la depurada técnica, sino porque es uno de esos pocos que logra “resucitar” a los compositores con un lenguaje que llega directamente a la mente y al corazón. Es lo que sería Schiff o Argerich en el piano, o Vengerov en el violín.Esta velada es especial por lo variado y sofisticado del repertorio, especialmente en el orden que es tocado. Inicia con la brillante Sinfonía “Júpiter” K. 551 de W.A. Mozart, una de sus obras mas refinadas, inspiradas y virtuosas. El sonido camerístico de los Solistas de Tel Aviv sugiere sutilezas delicadas, especialmente en las cuerdas. La precisión como Barak Tal lleva al conjunto hace que su sonido logre el efecto de una orquesta grande. Maisky interpreta una poco conocida de Tchaikovsky: Versión para chelo y orquesta del “nocturno”, de las “Seis piezas para piano, Op. 19”. En su particular atuendo y presencia característica, Maisky dibuja con el cuerpo las notas de esta obra que concluye con un diminuendo que se diluye en el espacio. Sin pausas, interpreta el “Kol Nidrei, Op. 47” de Max Bruch, con una franqueza y sonido que nos dejan inmóviles. La plegaria de esta intima obra nos llega como flechazo al alma con una franqueza indiscutible.La orquesta interpreta una versión estupenda de la “Sinfonia clásica” de Prokofiev, obra llena de brillo y estilo neoclásico con un lenguaje propio. La orquesta supo darle clase y color, y los músicos, sonrientes y precisos, se divertían en la interpretación con miradas cómplices.Maisky cierra el programa con una obra que ha grabado hace décadas y ha interpretado innumerables veces: El “Concierto no. 1 en Do mayor” de Haydn. Obra con melodías directas, Maisky inicia sus entradas en pianissimo y con hermosos crescendos. Su chelo Montagnana de 1720 aporta un sonido barroco, especialmente en los graves. Un concierto de tal intensidad y con un testamento tan contundente como es el mensaje de Maisky no podía terminar ahí, por lo cual cierra con dos brillantes obras de Tchaikovsky: Las dos últimas “Variaciones Rococó” y el “Andante cantabile”, célebre pieza adaptada para toda serie de instrumentos y conjuntos.(Publicado en Luces del diario El Comercio el martes 13 de setiembre del 2016)



Ópera Perú

8 de septiembre

Mischa Maisky: "El instrumento es un vehículo para servir a la música"

(Kaaskara - DG)Conversamos con el genio del violoncello quien vuelve a Lima para interpretar un concierto junto a los Solistas de Tel Aviv.Por Gonzalo Tello (Ópera Perú)La Sociedad Filarmónica de Lima (SFL) nos da nuevamente la oportunidad de disfrutar en Lima a una de las grandes figuras del presente, el violonchelista Mischa Maisky. El vuelve después de algunos años, en que lo vimos ofreciendo un recital junto al pianista Sergio Tiempo, esta vez junto a Los Solistas de Tel Aviv, elenco de cámara con el que interpretará una serie de virtuosas obras. Este es un extraordinario cierre de oro del Ciclo Sinfónico de la SFL, el cual nos ha ofrecido a legendarios intérpretes en el Gran Teatro Nacional.Si uno se pone a nombrar a los grandes músicos del presente, Maisky estaría definitivamente en ese selecto grupo, del que podemos nombrar a Argerich, Barenboim, Mehta, Perlman, Zukerman, Mutter, entre solo algunos otros.Poseedor de una extraordinaria tradición musical (fue alumno de los legendarios Rostropovich y Piatigorsky), Maisky fue un virtuoso desde muy joven. Salió de la Unión Soviética por problemas políticos (incluso estuvo preso) y fue a residir a Israel. Actualmente vive en Bélgica y su agenda de conciertos es grande, pues está presente en las salas de concierto y festivales mas importantes del orbe.El estilo de Maisky es único, y se puede percibir en las decenas de grabaciones de estudio que ha realizado con los mejores directores y orquestas. Su conexión con las obras es directa, está en comunión con los compositores y se siente un canal entre estos y los públicos de todos los tiempos. Tuve el privilegio de conversar con el. Como todo grande, el maestro refleja sencillez y humildad en su voz, la cual es muy jovial y apresurada, como la de un joven personaje que quiere absorver toda experiencia y no pierde el tiempo.Alguna vez usted fue llamado el "Rostropovich del futuro". ¿Qué piensa de esa afirmación hoy?Fue un halago extraordinario para mi, pero al mismo tiempo creo que cada artista es único. Mientras mas grande es un artista, mas único es, así que no existe tal cosa como un segundo o tercer Rostropovich, ya que nadie lo puede reemplazar. Nunca quise ser segundo Rostropovich, siempre quise ser el primer Maisky (risas). Tengo una gran influencia suya pues fue mi maestro, y siempre lo he idealizado en la manera de interpretar el chelo, pero nunca traté de imitarlo, es imposible, el fue muy grande.Y en su carrera usted tuvo el privilegio de estudiar con el y con otro gigante como Gregor Piatigorsky. ¿Cuáles cree que fueron las lecciones mas importantes que le dejaron, que usted aplica diariamente en su arte?Si tuviera el tiempo podría escribir un gran libro sobre el tema. Pero si tuviera que ponerlo en una frase diría que lo mas importante que aprendí de ambos y de recuerdo diariamente es que, sea el instrumento que se toque, este es un vehículo que nos ayuda a lograr el último objetivo: La música. No es al revés, esta es una distinción muy importante. Uno a través del talento, arte y virtuosismo, utiliza su instrumento para expresar lo que el compositor quiso decir. Es un tema ambiguo, pero lo que debemos hacer es usar todos los medios para hacer música, y no usar a la música para mostrar que maravilloso tocamos un instrumento. Desafortunadamente, esto pasa mucho, pues las competencias suelen ser muy intensas para los jóvenes y pueden pensar erróneamente, por el deseo de triunfar, que deben tocar mucho mas fuerte, o mas suave, y diferente, así la prioridad cambia. Considero que incluso hay chelistas que pueden tocar mejor que yo, pero creo que lo que hago es tocar muy preciso y dedicado al compositor y la partitura, lo cual para mi es lo mas importante.Quizá los jóvenes músicos de hoy, con la presión que menciona, pierden de vista la tradición por la técnica pura. ¿Qué piensa de esto? ¿Le parece importante seguir la tradición de los grandes músicos predecesores?La tradición viene de muchas partes. Siempre es importante mirar atrás y escuchar a los grandes intérpretes. Para nuestra visión de la música, lo mas importante es la partitura y las indicaciones que nos dejaron los compositores. A veces seguir una tradición puede ser algo negativo, pues sin ver la partitura se puede seguir formas no escritas de interpretación y que no necesariamente siguen la intención de su autor. Es importante tener mucha información sobre lo que se está tocando para poder ser fiel de la mejor manera a la obra. Hoy en día hay muchísimos músicos que tocan extraordinariamente bien, por ejemplo, una gran cantidad de coreanos en Juilliard tocan lo que sea de manera fantástica. El nivel técnico es mas alto que nunca, Lo que hay que desarrollar es la individualidad, personalidad y esa conexión de la obra con el público, como la encontramos en muchos artistas del pasado.Maisky derrocha energía sobre el escenario, tocando en un Montagnana de 1720.¿Cuáles son las principales características que nos puede contar de su chelo Montagnana?Es un bellísimo chelo que fue construido en 1720, y por coincidencia, fue el mismo año en que Bach escribió sus famosas Suites. Cuando se habla de cómo interpretar a Bach en instrumentos de época, siempre digo que no hay mejor instrumento que este, que nació con esas gran obras. Además, Montagnana fue uno de los grandes creadores de chelos, hacía muchos de ellos en un tamaño mayor al regular, y muchos eran cortados o alterados. Soy muy afortunado de tenerlo, desde hace muchos años.¿Qué nos puede contar de su relación con los Solistas de Tel Aviv, con quienes nos visitará en esta gira?Yo he tocado con muchas orquestas israelíes desde que llegúe allí en los setentas. Incluso haciendo giras en Estados Unidos, Brasil, México, etc.Los Solistas de Tel Aviv son un elenco relativamente joven en el que tengo grandes amigos y colegas por lo que me entusiasma hacer con ellos esta pequeña gira que incluye Lima. Me gusta mucho tocar con orquesta jóvenes y especialmente si son reducidas, porque me siento mas a gusto. A pesar del color de mi pelo, me siento muy joven de corazón, en parte porque tengo 6 hijos, de 1, 3, 7 años, además de los mayores. Esa puede ser una de las razones por las que me siento mucho mas joven hoy que hace 40 años, cuando salí de la Unión Soviética. Cuando tenía 25 años me sentía demasiado viejo.Maisky y Martha Argerich son grandes amigos y trabajan juntos hace décadas¿Tiene nuevos proyectos próximamente, como nuevas obras o compositores?Estoy trabajando en nuevas obras escritas para mi, como un maravilloso Concierto para cello de Benjamin Yusupov, un compositor ruso-israelí, el cual he interpretado con varias orquestas. Luego en un doble concierto para cello y piano escrito para Martha Argerich y yo por Rodion Shchedrin, el cual también hemos llevado en Tour por Japón, Europa y mas. Espero tener mucha energía a futuro para trabajar en mas piezas. Quizá no sea reconocido por haber ejecutado demasiado música contemporánea. Para eso tengo un dicho: "Para interpretar cualquier tipo de música, hay que hacerlo lo mejor posible y dar siempre lo mejor". Por ende, si un músico no hubiera tocado a Bach, Beethoven o Mozart de la mejor manera posible, estos no serían reconocidos como grandes músicos. En el caso de la música contemporánea es igual, hay que dedicarse mucho y trabajar muy fuerte para dar lo mejor por estas obras y hacerles justicia con el tiempo. Es una gran responsabilidad.El genial Mischa Maisky se presenta este sábado 10 de setiembre, con los Solistas de Tel Aviv, a las 8:00 pm, cerrando el Ciclo Sinfónico de la Sociedad Filarmónica de Lima en el Gran Teatro Nacional. Las entradas se venden en Teleticket. Programa W.A. MOZART (1756-1791)Sinfonía Nº 41 en do mayor “Júpiter”Allegro vivace – Andante cantabile – Menuetto (Allegretto) – Molto AllegroP.I. TCHAIKOVSKI (1840-1893)Nocturno en do menor para chelo y orquestaM. BRUCH (1838-1920)Kol Nidrei para chelo y orquesta, op. 47 S. PROKOFIEV (1891-1953)Sinfonía Clásica, op. 25Allegro – Larghetto – Gavotta: Non troppo allegro – Finale: Molto vivace J. HAYDN  (1732-1809)Concierto para chelo y orquesta Nº 1 en do mayorModerato – Adagio – Allegro molto

Ya nos queda un día menos

4 de septiembre

Las sinfonías de Shostakovich por Kitajeko: no pierdan el tiempo

Este album de 12 SACD, editado por el sello Capriccio, conteniendo las sinfonías de Shostakovich a cargo de Dmitri Kitajenko y la Gürzenich-Orchester Köln, lo compré a precio de ganga en un viaje que hice a París allá por el verano de 2008. Empecé a escucharlo y lo he ido haciendo muy lentamente, por lo general comparando con otras interpretaciones de cada una de las partituras. Hasta ahora no he terminado: imagínense lo poco que me ha venido entusiasmado su contenido. En realidad, no puede decirse que sea este un mal ciclo: el maestro nacido en Leningrado demuestra no solo un buen oficio a la hora de levantar la arquitectura –cosa nada fácil en estas sinfonías– y de hacer que su orquesta, una digna formación de segunda fila, esté a la altura del enorme reto. También sabe de qué va la cosa en lo expresivo –no "oficializa" las sinfonías, como a veces le pasaba al mismísimo Mravinski– y hace gala de un gusto irreprochable. Lo que ocurre es que con la competencia discográfica que hay por ahí, desde el expresionismo visceral de Rozhdestvensky hasta el humanismo de Rostropovich, pasando por los logros de un Previn, un Sanderling, un Haitink o un Bernstein, nuestro artista se queda corto en inspiración, en garra y en compromiso expresivo. Se detectan, además, algunas irregularidades a lo largo de la integral. En la discografía comparada de la Sinfonía nº 1 escribí que "el ya veterano maestro ofrece una lectura de muy buen pulso e irreprochable idioma, equilibrada entre lo burlón y lo dramático, a la que sólo le falta un punto de creatividad y le sobra algo de tosquedad para ser excepcional". Muy bien, pues. Todo el arranque de la Sinfonía nº 2 resulta particularmente brumoso, incluso impresionista, aunque también un punto emborronado. Luego sigue con corrección, para ir alcanzando poco a poco la tensión interna y la brillantez que la obra necesita. El colorido es algo parco y carece de la incisividad requerida; se echa de menos una más clara disección de las texturas. A la postre no suena la obra todo lo “moderna” que debiera, sin esa frescura y descaro juveniles que la caracterizan La Sinfonía nº 3, por el contrario, recibe una interpretación de muy alto nivel, pero cuyo colorido oscuro y hermoso, unido a un fraseo lírico y sin muchas aristas, resulta mucho antes romántico que atento a la modernidad de la pieza. La sección anterior al coro pierde un poco de pulso. En la poliédrica y fascinante Sinfonía nº 4 el idioma, la arquitectura, la variedad expresiva y la ejecución son muy notables, pero en todos estos aspectos hace falta un poco más de compromiso para que la interpretación, algo plana y aburrida, llegue a convencer. El final resulta plácido antes que inquietante Notable la Quinta, que sobresale por un Largo concentrado y muy hermoso, ya que no particularmente desazonador. El primer movimiento está bien planteado, perdiendo por una sección final en exceso nerviosa. El segundo es espléndido, siempre que aceptemos una comicidad ajena a lo corrosivo. Flojea el cuarto, ayuno de fuerza y rabia. Aunque el arranque de la Sexta carece de toda la la inmediatez y el carácter doliente que necesita –un punto apagado, tristón incluso–, hay que reconocer que el maestro consigue la adecuada atmósfera ominosa en el primer movimiento. Magnífico el segundo, no particularmente incisivo pero lleno de fuerza y convicción. El tercero está muy bien, pero aquí necesita un punto más de desenfado y –al mismo tiempo, en Shostakovich los dos conceptos no son antagónicos– de mala leche. El arranque de la Leningrado resulta muy extraño. Da la impresión de que el maestro intenta quitarle exceso de pompa, pero el resultado es que le falta grandeza. Tampoco le sale bien la marcha, banal cuando no lúdica en la primera parte, y un tanto descafeinada en la segunda. A partir de ahí las cosas mejoran de manera considerable, y Kitajenko acierta a la hora de mantener el pulso, de ofrecer una dosis suficiente de sarcasmo y, sobre todo, de desplegar un intenso aliento lírico, cantable y lleno de humanismo, pero no por ello complaciente. Flojea seriamente la Octava. El primer movimiento resulta lento, flácido e insincero. El segundo y el tercero son correctos sin más, echándose de menos fuerza y rebeldía. La passagaglia es más tristona que doliente. El quinto empieza bien, pero tras llegar al clímax –no muy rebelde– se va deshilachando, en parte porque las intervenciones solistas tampoco son muy allá. Lástima que el segundo movimiento de la Sinfonía nº 9 sea más rápido de la cuenta y no del todo inquietante, como también que al último le falte un poco de tensión, porque el enfoque global es muy certero, antes amargo que lúdico, y las intervenciones solistas –esta vez sí– son de gran sinceridad expresiva. En la Décima el lenguaje es el apropiado y todo está en su sitio, pero el resultado es algo rutinario. Necesita una mayor implicación emocional en la partitura y un trabajo más intencionado del fraseo. En la Sinfonía nº 11 el director ruso apuesta por una interpretación antes “romántica” que expresionista, atmosférica y descriptiva antes que visceral. Alcanza sus mejores momentos en el segundo movimiento, sobre todo en una escena de la matanza descrita de manera adecuadamente convulsa. Al tercero le falta un punto más de tensión interna y grandeza, mientras que el final, que le suena un poco a Star Wars, podría ser más opresivo. El año 1917 es una sinfonía de menor inspiración que la que le precede en el catálogo, no necesitando por parte del intérprete la hondura humanística ni la carga trágica de aquella. Aquí lo que hace falta es frescura, sentido narrativo, solidez en la construcción sinfónica y vehemencia bien controlada. Kitajenko las ofrece y por ello alcanza en ella la cota más alta de su integral. Volvemos al nivel medio con la Babi Yar: dirección muy centrada en lo estilístico y en lo expresivo, con maderas de adecuado tratamiento, pero no del todo rica en el color, ni matizada, ni tensa, por lo que termina aburriendo en los pasajes más débiles de la partitura. Arutjun Kotchinian está muy bien de voz y canta con propiedad, aunque en el primer número suene más suplicante que rebelde y sin mucha ironía. En la Sinfonía nº 14 Kitakenjo ofrece una dirección lenta y con sentido de la atmósfera, pero (¡otra vez!) escasa de pulso y fuerza. El canto de Marina Shaguch es intenso y desgarrado, también algo agrio y poco atento a sutilezas. De nuevo Kotchinian luce una espléndida voz de bajo, pero como intérprete se muestra algo plano. En la Décimoquinta el enfoque es admirable, acertando la batuta en el carácter siniestro de la obra sin caer en superficialidades y sin precipitarse en el último movimiento. Aun así, una vez más se echan de menos variedad expresiva y tensión interna. La toma sonora se realizó entre 2003 y 2004 en dos recintos diferentes, unas en estudio y otras en vivo en la Philharmonie de Colonia. Ni unas ni otras están especialmente bien grabadas. Ahora bien, el formato SACD ofrece un relieve y una carnosidad que compensan las insuficiencias de los ingenieros de sonido. Muy en resumidas cuentas: un ciclo correcto, con su punto más alto en la Sinfonía nº 12 y el más bajo en la Octava, pero globalmente prescindible. No pierdan el tiempo.

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