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Música Clásica y ópera de Classissima

Mstislav Rostropovich

jueves 30 de marzo de 2017


Ya nos queda un día menos

21 de marzo

Gran Schumann por Coin y Herreweghe

Ya nos queda un día menosNegar la posibilidad de interpretar a Schumnann siguiendo parámetros historicistas resulta tan equivocado como decir que esta vía es más apropiada –por presuntamente rigurosa con respecto a la praxis de la época– que las maneras tradicionales. Aquí el gran Christophe Coin, a despecho de algunos rasgos propios de quienes trabajan con instrumentos originales que pueden resultar amanerados para quienes no están acostumbrado a estas sonoridades–, ofrece una verdadera lección de sensatez, de musicalidad y de sinceridad expresiva, tocando no solo con fluidez, holgura, virtuosismo y una admirable belleza, sino también apuntando al meollo expresivo de la música, a su particular mezcla de lirismo, elegancia, ternura y pasión al borde del desbordamiento, y haciéndolo con la mayor convicción posible, aun sin llegar –eso parece imposible– a esa especial comunión que con la obra mantenían Rostropovich y, sobre todo, Jacqueline Du Pré. La gran sorpresa viene por parte de Herreweghe, aquí lejos aún de su tendencia a la blandura, la ingravidez y el amaneramiento (¡horrenda Cuarta de Mahler!) que ha ido desarrollando a lo largo de los últimos años, y dispuesto a aportar fuego, concentración y sentido de los contrastes a una dirección a la que quizá le falta un último punto de claridad. Gran trabajo, en cualquier caso, como el que hace con la Sinfonía nº 4: una versión acertadamente impetuosa y dramática a la que la rusticidad de los instrumentos originales le sienta de maravilla, como lo hacen también el equilibrio de planos sonoros que se deriva del planteamiento "históricamente informado". En cualquier caso, no es la de la sinfonía una versión redonda. Lo menos bueno es quizá el segundo movimiento, no del todo sensual ni emotivo, aunque la batuta sí que acierta con el regusto amargo que debe poseer. El resto es espléndido, aunque en general se podía pedir un punto más de flexibilidad en la agógica, también de depuración sonora, así como una transición entre los últimos movimientos con más sentido de la atmósfera y de la fuerza visionaria que alberga la genial partitura schumanniana. Soberbia la toma sonora.

Ya nos queda un día menos

4 de marzo

Nueva entrega del Shostakovich de Nelsons

Tras la notabilísima Décima ya comentada en este blog, llega una nueva entrega del Shostakovich de Andris Nelsons junto a la Sinfónica de Boston para Detusche Grammophon, incluyendo esta vez las sinfonías Quinta, Octava y Novena, además de la suite de la floja música incidental escrita para Hamlet como obra teatral, que no debe confundirse con la soberbia banda sonora compuesta mucho más adelante para el filme de Grigori Kozintsev. ¿Resultados? De alto nivel medio, pero un tanto decepcionantes para venir de quien muy probablemente es el mejor director de orquesta de su generación. Flojea sobre todo la Quinta sinfonía. Cierto es que la ejecución resulta impresionante. La planificación, portentosa. Exquisito el gusto con el que todo está dicho, tanto por la naturalidad del fraseo como por la ausencia de cualquier efectismo. Pero Nelsons se niega a ver más allá de la partitura y, aunque por fortuna no cae en la tentación de oficializar la partitura a la manera de un Mravinski, es decir, haciéndola sonar épica y triunfalista, tampoco está dispuesto a profundizar en su expresión. Se echan de menos atmósfera opresiva, rebeldía y desesperación, como también ese particulara retranca shostakoviana que le da sentido a su música. De este modo, el primer movimiento arranca sin verdadera congoja y, aunque está admirablemente construido hacia un clímax de enorme tensión, no desprende la rabia y la desesperación que la música necesita. El segundo está bien, siempre dentro de una línea más amable que socarrona, pero se podría echar mucha más imaginación a las intervenciones de las maderas. El tercero es quizá el que más convence, paladeado con amplitud y concentración aun sin dejar que la música nos hiera en los más hondo. En el cuarto, finalmente, Nelsons ve notas y nada más que notas: asepsia pura que dice poco del trasfondo verdadero de esta obra, ese mismo que tan fenomenalmente ha explicado, con las palabras y con la batuta, Michael Tilson Thomas. De la Octava sinfonía ya le conocíamos dos filmaciones, una con la Filarmónica de Berlín y otra con la Orquesta del Concertgebouw. La de Amsterdan es quizá la más inspirada de las tres. Esta otra de Boston me parece más sólida y mejor encaminada que la suya en Berlín, sin los detalles de blandura que entonces había, pero tampoco me parece que sea para tirar cohetes. Está muy bien el primer movimiento: adecuadamente planificado, abstracto en su enfoque, antes distanciado y sobrio que virulento, pero convincente en lo expresivo. Irreprochable el segundo, aunque tampoco le apetezca al maestro cargar las tintas; una vez más no convencen los tres golpes de timbal tan separados al final. Solvente sin más el tercero, en el que se han escuchado cosas mucho mejores (¡Solti!). Secos, sobrios y distanciados los tres últimos. Al contrario que en la Quinta, en la Novena sinfonía Nelsons sí que está dispuesto a reconocer el contenido al mismo tiempo irónico, rebelde y lacerante de los pentagramas, y aunque es cierto que no termina de ahondar en el amargor de los movimientos pares como lo hicieron Bernstein o Rostropovich, sí que hace sonar con no poca retranca al primer movimiento, otorga carácter tempestuoso se muestra valiente a la hora de denunciar en el tercero –increíble la trompeta– y sintoniza con el carácter burlesco en absoluto amable ni inocente que anida en el quinto. Se pueden preferir acercamientos más claramente corrosivos, pero aquí la convicción del maestro es evidente al mismo tiempo que, ayudado por una orquesta de primera, expone la partitura de manera magistral desde el punto de vista meramente sonoro De la música incidental para Hamlet no es fácil puede sacar más partido, tal es el compromiso de un Nelsons que sabe llegar a un perfecto punto de equilibrio entre el digamos clasicismo shakesperiano, que demanda una complicada mezcla de elegancia y potencia teatral, y esa ironía tan particular que singulariza al compositor de La nariz. No se puede pedir más en lo que a ejecución orquestal se refiere: difícilmente en su vida Shostakovich, que escribió pensando en un foso teatral, hubiera imaginado esta música tan bien tocada. Por cierto, increíbles los golpes del bombo si se escucha la descarga en HD. ¡Menuda toma sonora! En resumen, un lanzamiento de alto nivel pero que no aporta nada en especial. ¿Mis versiones favoritas? Rozhdestvenski y el citado Tilson Thomas para la Quinta, la de Previn de 1973 y la de Mravinski de 1982 para la Octava, las más tardías de Bernstein y Celibidache para la Novena (a falta de una edición oficial de la de Klemperer) y esta misma de Nelsons para Hamlet, porque la única otra versión que conozco, la de Neeme Järvi, no está a semejante altura.




Ya nos queda un día menos

22 de diciembre

Los Cuadros de Dudamel en Viena: piloto automático

Con las evaluaciones de esta mañana y las clases que por la tarde ponen punto y final al primer trimestre quedo temporalmente descargado del enorme trabajo de las últimas semanas, así que en estas fiestas espero actualizar el blog con más frecuencia. Comienzo con un disco recién salido al mercado: Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel en interpretación de Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Viena registrada por los ingenieros de Deutsche Grammophon en la Musikverein de la capital austríaca en abril de este mismo año. Sin mucho acierto técnico, a decir verdad: la orquesta suena con naturalidad pero un poco difusa y sin mucha pegada, incluso en la descarga en alta definición que he tenido la oportunidad de escuchar. ¿Y la interpretación? Conociendo a Dudamel, me esperaba una lectura extrovertida, llena de vida y color, de elevado sentido descriptivo y también un poco superficial, más "música de cine" que otra cosa, y quizá algo efectista. Pues no, nada de eso. Todo lo contrario. Es la suya una interpretación de trazo fino, elegante y cuidadosa, dicha con exquisito gusto, no exenta de sensualidad ni de poesía digamos que raveliana, pero falta de garra, de potencia expresiva, de sentido teatral de contrastes expresivos e incluso de matices: quitando algún detalle interesante aquí y allá, da la impresión de que el maestro venezolano hubiera puesto el piloto automático. Que al Gnomo esté dicho un tanto de pasada, Bydlo suene algo alicaído – impresionante la tuba, eso sí– y a la bruja le falte fuerza no deja de decepcionar; en contrapartida, las Tullerías o los Pollitos estén dichos con adecuado encanto, mientras que el Mercado de Limoges de desarrolla con una enorme agilidad. Muchísimo mejor las propinas. No recibe Noche en el monte pelado –versión Rimsky, por supuesto– la interpretación más electrizante o escarpada posible –increíbles Rostropovich/París y Muti/Philadelphia–, pero su claridad resulta admirable y en la sección final nos atrapa una flauta que frasea de manera excepcional sobre el color plateado de la cuerda vienesa. Y vuelve a ser la sonoridad de la Wiener Philharmoniker la principal baza del Vals de El lago de los cisnes, dirigido de manera irreprochable por una batuta de enorme talento que debería dedicar más tiempo al estudio y menos a ser una estrella mediática.

Ya nos queda un día menos

25 de octubre

Weilerstein y Heras-Casado resbalan en Shostakovich

No es que este disco dedicado a Dmitri Shostakovich, registrado con espléndida toma sonora por los ingenieros de Decca entre el 28 y el 30 de noviembre de 2015 en la Herkulessaal de Múnich, sea mediocre ni fallido. Simplemente, a mi entender no está a la altura de Alisa Weilerstein, el violonchelo de sonido más bello de todo el panorama actual y sin duda una enorme artista de su instrumento. Tampoco termina de confirmar a Pablo Heras-Casado como el director revelación que a muchos nos pareció en un determinado momento; más bien al contrario, no hace sino constatar la relativa madurez del maestro granadino –que pasa tranquilamente de un repertorio a otro en el extremo opuesto, de unas maneras interpretativas a otras muy distintas–, o quizá más bien el despiste que algunos experimentamos al elogiarle calurosamente hace algunos años. En mi discografía comparada del Concierto para violonchelo nº 1 comenté una interpretación a cargo de la Weilerstein, concretamente la que registró en vivo la propia Orquesta de Filadelfia con Eschenbach a su frente. Me gustó poco. Nueve años después la violonchelista estadounidense mejora de manera sustancial su acercamiento a la partitura, mostrándose ahora más centrada, con las ideas expresivas más claras y más ajustadas al peculiar universo shostakoviano, pero sin terminar aún de implicarse en esta música. Ni en la locura y el frenesí de los movimientos extremos ni, menos aún, en el humanismo amargo del segundo, lo que no le impide alcanzar en este último un clímax de considerable intensidad expresiva; en la Cadenza está impresionante. Por su parte, Pablo Heras-Casado dirige con propiedad estilística, trazo cuidadoso y notable intensidad dramática, pero tampoco profundiza todo lo posible –otros directores han dicho más cosas aquí– y en el primer movimiento, extrañamente, se deja llevar por el nerviosismo y la precipitación. En el fantasmagórico y muy inquietante Concierto para violonchelo nº 2 los dos artistas convencen algo más, sin que las cosas terminen de funcionar del todo. No es solo que uno tenga en mente la referencial interpretación de Rostropovich con Ozawa: es que un rato antes de escuchar la de este nuevo disco puse la de Pieter Wispelwey con Jurjen Hempel (Channel Classics) y aquélla es mejor. Weilerstein frasea con una cantabilidad encomiable y no se recrea en la asombrosa belleza de su sonido, sino que sabe construir tensiones, mezclar calidez con desgarro, inyectar aliento poético y resultar comunicativa, pero hay frases que parecen desaprovechadas, la variedad expresiva no está del todo desarrollada y el resultado final no transmite la veracidad de otros colegas, muy especialmente la de Natalia Gutman y, más aún, el citado Rostropovich. Heras-Casado vuelve a realizar en esta op. 126 una labor de gran solvencia, siempre en una línea antes lírica, esencial y desmaterializada que virulenta o expresionista, pero se muestra incapaz de generar esa atmósfera enrarecida, turbulenta y fantasmagórica que la obra demanda; en el terrible, desgarradísimo clímax del tercer movimiento vuelve –como ocurría en la obra anterior– a dejarse llevar por el nerviosismo, mientras que en la coda resulta muy poco inquietante: ¿ha comprendido este señor lo que Shostakovich ha querido decir aquí? Posiblemente sí, pero a mí no me lo ha logrado transmitir. La Sinfónica de la Radio Bávara, espléndida.



Ya nos queda un día menos

30 de septiembre

Jansen con Paavo Järvi: medio disco genial

Janine Jansen y Paavo Järvi grabaron en el verano de 2009 para Decca un disco a medias genial: flojo el Concierto para violín de Beethoven con la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, absolutamente sensacional el Concierto para violín de Britten. En la obra del de Bonn, y como era de esperar, nos encontramos con una dirección muy influida por el historicismo, es decir, seca, incisiva, con un interesante tratamiento de las maderas y de la percusión –estupendos los timbales de época–, pero muy fría, carente de humanismo y de pliegues filosóficos; a la postre, muy superficial. La violinista holandesa luce un sonido de increíble belleza y homogeneidad, mostrándose en todo momento sensata y musical, pero no conecta con el espíritu de la pieza y por momentos parece recrearse en exceso en la belleza sonora. A olvidar. En la segunda parte del compacto nos topamos con una obra acongojante, de lo mejor escrito por Britten, recreada por un violín intenso a más no poder, doliente hasta lo insoportable, pero también rebosante de belleza sonora y de lirismo de altos vuelos, siempre con la complicidad de una batuta muy sincera, adecuadamente expresionista –sin perder la indispensable elegancia británica–, que se mueve como pez en el agua en la escritura angulosa e incisiva de la página, especialmente en ese segundo movimiento un punto diabólico que recuerda no poco a Prokofiev. He comparado con la espléndida grabación de la página de Britten que junto a la misma London Symphony realizaron en 2002 Vengerov y Rostropovich: aquellos atendieron mejor al lirismo de la página, también a los aspectos atmosféricos de la misma, pero esta de Jansen y Järvi es mucho más imblacable, más intensa y más tremenda. Una auténtica experiencia emocional servida, además, con una toma sonora portentosa. Por cierto, existe una filmación de la página del compositor británico con Jansen, Harding y la Filarmónica de Berlín, registrada tan solo tres meses después de la comentada. Se encuentra disponible en la Digital Concert Hall. En su momento me impresionó; ahora he vuelto a verla y me ha dejado aún más huella. A los que no estén suscritos a la referida plataforma, les dejo un vídeo con Jansen y Järvi haciendo esta obra en los Proms.

Ya nos queda un día menos

28 de septiembre

Imprescindible Shostakovich de Rostropovich y Ozawa

Interrumpo las entradas programadas con antelación –con bastante antelación, porque la mayoría las escribí este verano, cuando tenía más tiempo libre– para dejar unas notas sobre un verdadero clásico de la Deutsche Grammophon que me conozco de memoria desde hace tiempo, y al que hoy he podido volver en una edición japonesa en SACD –circula por la red en cierto sitio ruso– con la que la portentosa toma sonora, increíble para el año 1975, alcanza aún mayor esplendor: Chant du ménestrel de Glazunov y Concierto para violonchelo nº 2 de Dmitri Shostakovich a cargo de Mstislav Rostropovich, Seiji Ozawa y la soberbia Sinfónica de Boston. La primera de las piezas, tan breve como deliciosa, recibe una interpretación inmejorable a cargo de una batuta elegante y sensible y de un solista dueño de un hermosísimo de sonido y emotivo a más no poder en su fraseo, pero es en la segunda de ellas, escrita precisamente para el violonchelista de Baku allá por 1966, donde este disco alcanza la categoría de imprescindible. Y es que los dos artistas, aun con personalidades bien distintas entre sí, coinciden en ofrecer una lectura que, sin renunciar a los aspectos corrosivos de la obra pero sin hacer tampoco hincapié en ellos, se consigue una asombrosa fusión entre los dos facetas de la partitura. Por un lado, toda su componente ambigua, inquietante, sombría y en más de una ocasión ominosa, teñida de un considerable humor negro. Por otro, la profunda reflexión humanística, trágica y por momentos rebelde, pero también de resignada aceptación del irremediable destino final: no hace falta decir que, como tantas obras del autor, esta es una partitura sobre la muerte. Por destacar algo, podríamos señalar la increíble manera de cantar del violonchelo, con enorme vuelo poético, un fraseo muy flexible y ofreciendo una amplia gama de colores y de matices expresivos. Tampoco es que nos sorprenda: hablamos del mejor violonchelista del siglo XX. La batuta aporta su consabido dominio del color acentuando los ocres de las maderas –siniestras, no incisivas– y sabe ofrecer su habitual elegancia y refinamiento sin estar fuera de tiesto; por el contrario, aporta un fraseo tan amplio y pausado como bien sostenido –no es fácil mantener la tensión interna en una obra tan desmaterializada– y poniendo su olfato para la atmósfera, que tan bien le viene en las interpretaciones del impresionismo, al servicio de esta recreación más ambigua que visceral, más misteriosa que rebelde, un poco en la línea de lo que Rostropovich hará con la batuta en la década siguiente en las sinfonías del compositor. Lo dicho, un clásico verdaderamente imprescindible. Si no lo han hecho ya, escúchenlo cuanto antes, y si es posible disfruten asimismo del registro de 1967 del propio Rostropovich con Svetlanov (Russian Disc), menos misterioso y más virulento que esta dirigida por Ozawa. Ah, permítanme presumir: tengo la edición en CD de la serie Galleria dedicada por Rostropovich himself.

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