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Música Clásica y ópera de Classissima

Mstislav Rostropovich

lunes 26 de septiembre de 2016


Ópera Perú

Hoy

Mischa Maisky: Canto al corazón

Ópera Perú Ciclo Sinfónico - Sociedad Filarmónica de Lima. Mischa Maisky, chelo. Solistas de Tel Aviv. Barak Tal, director. Obras de Mozart, Tchaikovsky, Bruch, Prokofiev y Haydn. Rating: ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️ Por Gonzalo TelloEl esperado regreso a Lima de Mischa Maisky, uno de los músicos mas virtuosos del orbe y el mas grande chelista de hoy, no podía ser mejor que en el marco del Gran Teatro Nacional, acompañado de los Solistas de Tel Aviv, orquesta de cámara compuesta por jóvenes de estilo y carácter impetuoso que tocan disfrutando de cada compás y en complicidad con sus compañeros.Si hablamos de lo que fue en su tiempo asistir a un recital de Pau Casals o Mischa Rostropovich, hoy podemos decir lo mismo de Mischa Maisky, no solo gran artista por la depurada técnica, sino porque es uno de esos pocos que logra “resucitar” a los compositores con un lenguaje que llega directamente a la mente y al corazón. Es lo que sería Schiff o Argerich en el piano, o Vengerov en el violín.Esta velada es especial por lo variado y sofisticado del repertorio, especialmente en el orden que es tocado. Inicia con la brillante Sinfonía “Júpiter” K. 551 de W.A. Mozart, una de sus obras mas refinadas, inspiradas y virtuosas. El sonido camerístico de los Solistas de Tel Aviv sugiere sutilezas delicadas, especialmente en las cuerdas. La precisión como Barak Tal lleva al conjunto hace que su sonido logre el efecto de una orquesta grande. Maisky interpreta una poco conocida de Tchaikovsky: Versión para chelo y orquesta del “nocturno”, de las “Seis piezas para piano, Op. 19”. En su particular atuendo y presencia característica, Maisky dibuja con el cuerpo las notas de esta obra que concluye con un diminuendo que se diluye en el espacio. Sin pausas, interpreta el “Kol Nidrei, Op. 47” de Max Bruch, con una franqueza y sonido que nos dejan inmóviles. La plegaria de esta intima obra nos llega como flechazo al alma con una franqueza indiscutible.La orquesta interpreta una versión estupenda de la “Sinfonia clásica” de Prokofiev, obra llena de brillo y estilo neoclásico con un lenguaje propio. La orquesta supo darle clase y color, y los músicos, sonrientes y precisos, se divertían en la interpretación con miradas cómplices.Maisky cierra el programa con una obra que ha grabado hace décadas y ha interpretado innumerables veces: El “Concierto no. 1 en Do mayor” de Haydn. Obra con melodías directas, Maisky inicia sus entradas en pianissimo y con hermosos crescendos. Su chelo Montagnana de 1720 aporta un sonido barroco, especialmente en los graves. Un concierto de tal intensidad y con un testamento tan contundente como es el mensaje de Maisky no podía terminar ahí, por lo cual cierra con dos brillantes obras de Tchaikovsky: Las dos últimas “Variaciones Rococó” y el “Andante cantabile”, célebre pieza adaptada para toda serie de instrumentos y conjuntos.(Publicado en Luces del diario El Comercio el martes 13 de setiembre del 2016)

Ópera Perú

8 de septiembre

Mischa Maisky: "El instrumento es un vehículo para servir a la música"

(Kaaskara - DG)Conversamos con el genio del violoncello quien vuelve a Lima para interpretar un concierto junto a los Solistas de Tel Aviv.Por Gonzalo Tello (Ópera Perú)La Sociedad Filarmónica de Lima (SFL) nos da nuevamente la oportunidad de disfrutar en Lima a una de las grandes figuras del presente, el violonchelista Mischa Maisky. El vuelve después de algunos años, en que lo vimos ofreciendo un recital junto al pianista Sergio Tiempo, esta vez junto a Los Solistas de Tel Aviv, elenco de cámara con el que interpretará una serie de virtuosas obras. Este es un extraordinario cierre de oro del Ciclo Sinfónico de la SFL, el cual nos ha ofrecido a legendarios intérpretes en el Gran Teatro Nacional.Si uno se pone a nombrar a los grandes músicos del presente, Maisky estaría definitivamente en ese selecto grupo, del que podemos nombrar a Argerich, Barenboim, Mehta, Perlman, Zukerman, Mutter, entre solo algunos otros.Poseedor de una extraordinaria tradición musical (fue alumno de los legendarios Rostropovich y Piatigorsky), Maisky fue un virtuoso desde muy joven. Salió de la Unión Soviética por problemas políticos (incluso estuvo preso) y fue a residir a Israel. Actualmente vive en Bélgica y su agenda de conciertos es grande, pues está presente en las salas de concierto y festivales mas importantes del orbe.El estilo de Maisky es único, y se puede percibir en las decenas de grabaciones de estudio que ha realizado con los mejores directores y orquestas. Su conexión con las obras es directa, está en comunión con los compositores y se siente un canal entre estos y los públicos de todos los tiempos. Tuve el privilegio de conversar con el. Como todo grande, el maestro refleja sencillez y humildad en su voz, la cual es muy jovial y apresurada, como la de un joven personaje que quiere absorver toda experiencia y no pierde el tiempo.Alguna vez usted fue llamado el "Rostropovich del futuro". ¿Qué piensa de esa afirmación hoy?Fue un halago extraordinario para mi, pero al mismo tiempo creo que cada artista es único. Mientras mas grande es un artista, mas único es, así que no existe tal cosa como un segundo o tercer Rostropovich, ya que nadie lo puede reemplazar. Nunca quise ser segundo Rostropovich, siempre quise ser el primer Maisky (risas). Tengo una gran influencia suya pues fue mi maestro, y siempre lo he idealizado en la manera de interpretar el chelo, pero nunca traté de imitarlo, es imposible, el fue muy grande.Y en su carrera usted tuvo el privilegio de estudiar con el y con otro gigante como Gregor Piatigorsky. ¿Cuáles cree que fueron las lecciones mas importantes que le dejaron, que usted aplica diariamente en su arte?Si tuviera el tiempo podría escribir un gran libro sobre el tema. Pero si tuviera que ponerlo en una frase diría que lo mas importante que aprendí de ambos y de recuerdo diariamente es que, sea el instrumento que se toque, este es un vehículo que nos ayuda a lograr el último objetivo: La música. No es al revés, esta es una distinción muy importante. Uno a través del talento, arte y virtuosismo, utiliza su instrumento para expresar lo que el compositor quiso decir. Es un tema ambiguo, pero lo que debemos hacer es usar todos los medios para hacer música, y no usar a la música para mostrar que maravilloso tocamos un instrumento. Desafortunadamente, esto pasa mucho, pues las competencias suelen ser muy intensas para los jóvenes y pueden pensar erróneamente, por el deseo de triunfar, que deben tocar mucho mas fuerte, o mas suave, y diferente, así la prioridad cambia. Considero que incluso hay chelistas que pueden tocar mejor que yo, pero creo que lo que hago es tocar muy preciso y dedicado al compositor y la partitura, lo cual para mi es lo mas importante.Quizá los jóvenes músicos de hoy, con la presión que menciona, pierden de vista la tradición por la técnica pura. ¿Qué piensa de esto? ¿Le parece importante seguir la tradición de los grandes músicos predecesores?La tradición viene de muchas partes. Siempre es importante mirar atrás y escuchar a los grandes intérpretes. Para nuestra visión de la música, lo mas importante es la partitura y las indicaciones que nos dejaron los compositores. A veces seguir una tradición puede ser algo negativo, pues sin ver la partitura se puede seguir formas no escritas de interpretación y que no necesariamente siguen la intención de su autor. Es importante tener mucha información sobre lo que se está tocando para poder ser fiel de la mejor manera a la obra. Hoy en día hay muchísimos músicos que tocan extraordinariamente bien, por ejemplo, una gran cantidad de coreanos en Juilliard tocan lo que sea de manera fantástica. El nivel técnico es mas alto que nunca, Lo que hay que desarrollar es la individualidad, personalidad y esa conexión de la obra con el público, como la encontramos en muchos artistas del pasado.Maisky derrocha energía sobre el escenario, tocando en un Montagnana de 1720.¿Cuáles son las principales características que nos puede contar de su chelo Montagnana?Es un bellísimo chelo que fue construido en 1720, y por coincidencia, fue el mismo año en que Bach escribió sus famosas Suites. Cuando se habla de cómo interpretar a Bach en instrumentos de época, siempre digo que no hay mejor instrumento que este, que nació con esas gran obras. Además, Montagnana fue uno de los grandes creadores de chelos, hacía muchos de ellos en un tamaño mayor al regular, y muchos eran cortados o alterados. Soy muy afortunado de tenerlo, desde hace muchos años.¿Qué nos puede contar de su relación con los Solistas de Tel Aviv, con quienes nos visitará en esta gira?Yo he tocado con muchas orquestas israelíes desde que llegúe allí en los setentas. Incluso haciendo giras en Estados Unidos, Brasil, México, etc.Los Solistas de Tel Aviv son un elenco relativamente joven en el que tengo grandes amigos y colegas por lo que me entusiasma hacer con ellos esta pequeña gira que incluye Lima. Me gusta mucho tocar con orquesta jóvenes y especialmente si son reducidas, porque me siento mas a gusto. A pesar del color de mi pelo, me siento muy joven de corazón, en parte porque tengo 6 hijos, de 1, 3, 7 años, además de los mayores. Esa puede ser una de las razones por las que me siento mucho mas joven hoy que hace 40 años, cuando salí de la Unión Soviética. Cuando tenía 25 años me sentía demasiado viejo.Maisky y Martha Argerich son grandes amigos y trabajan juntos hace décadas¿Tiene nuevos proyectos próximamente, como nuevas obras o compositores?Estoy trabajando en nuevas obras escritas para mi, como un maravilloso Concierto para cello de Benjamin Yusupov, un compositor ruso-israelí, el cual he interpretado con varias orquestas. Luego en un doble concierto para cello y piano escrito para Martha Argerich y yo por Rodion Shchedrin, el cual también hemos llevado en Tour por Japón, Europa y mas. Espero tener mucha energía a futuro para trabajar en mas piezas. Quizá no sea reconocido por haber ejecutado demasiado música contemporánea. Para eso tengo un dicho: "Para interpretar cualquier tipo de música, hay que hacerlo lo mejor posible y dar siempre lo mejor". Por ende, si un músico no hubiera tocado a Bach, Beethoven o Mozart de la mejor manera posible, estos no serían reconocidos como grandes músicos. En el caso de la música contemporánea es igual, hay que dedicarse mucho y trabajar muy fuerte para dar lo mejor por estas obras y hacerles justicia con el tiempo. Es una gran responsabilidad.El genial Mischa Maisky se presenta este sábado 10 de setiembre, con los Solistas de Tel Aviv, a las 8:00 pm, cerrando el Ciclo Sinfónico de la Sociedad Filarmónica de Lima en el Gran Teatro Nacional. Las entradas se venden en Teleticket. Programa W.A. MOZART (1756-1791)Sinfonía Nº 41 en do mayor “Júpiter”Allegro vivace – Andante cantabile – Menuetto (Allegretto) – Molto AllegroP.I. TCHAIKOVSKI (1840-1893)Nocturno en do menor para chelo y orquestaM. BRUCH (1838-1920)Kol Nidrei para chelo y orquesta, op. 47 S. PROKOFIEV (1891-1953)Sinfonía Clásica, op. 25Allegro – Larghetto – Gavotta: Non troppo allegro – Finale: Molto vivace J. HAYDN  (1732-1809)Concierto para chelo y orquesta Nº 1 en do mayorModerato – Adagio – Allegro molto




Ya nos queda un día menos

4 de septiembre

Las sinfonías de Shostakovich por Kitajeko: no pierdan el tiempo

Este album de 12 SACD, editado por el sello Capriccio, conteniendo las sinfonías de Shostakovich a cargo de Dmitri Kitajenko y la Gürzenich-Orchester Köln, lo compré a precio de ganga en un viaje que hice a París allá por el verano de 2008. Empecé a escucharlo y lo he ido haciendo muy lentamente, por lo general comparando con otras interpretaciones de cada una de las partituras. Hasta ahora no he terminado: imagínense lo poco que me ha venido entusiasmado su contenido. En realidad, no puede decirse que sea este un mal ciclo: el maestro nacido en Leningrado demuestra no solo un buen oficio a la hora de levantar la arquitectura –cosa nada fácil en estas sinfonías– y de hacer que su orquesta, una digna formación de segunda fila, esté a la altura del enorme reto. También sabe de qué va la cosa en lo expresivo –no "oficializa" las sinfonías, como a veces le pasaba al mismísimo Mravinski– y hace gala de un gusto irreprochable. Lo que ocurre es que con la competencia discográfica que hay por ahí, desde el expresionismo visceral de Rozhdestvensky hasta el humanismo de Rostropovich, pasando por los logros de un Previn, un Sanderling, un Haitink o un Bernstein, nuestro artista se queda corto en inspiración, en garra y en compromiso expresivo. Se detectan, además, algunas irregularidades a lo largo de la integral. En la discografía comparada de la Sinfonía nº 1 escribí que "el ya veterano maestro ofrece una lectura de muy buen pulso e irreprochable idioma, equilibrada entre lo burlón y lo dramático, a la que sólo le falta un punto de creatividad y le sobra algo de tosquedad para ser excepcional". Muy bien, pues. Todo el arranque de la Sinfonía nº 2 resulta particularmente brumoso, incluso impresionista, aunque también un punto emborronado. Luego sigue con corrección, para ir alcanzando poco a poco la tensión interna y la brillantez que la obra necesita. El colorido es algo parco y carece de la incisividad requerida; se echa de menos una más clara disección de las texturas. A la postre no suena la obra todo lo “moderna” que debiera, sin esa frescura y descaro juveniles que la caracterizan La Sinfonía nº 3, por el contrario, recibe una interpretación de muy alto nivel, pero cuyo colorido oscuro y hermoso, unido a un fraseo lírico y sin muchas aristas, resulta mucho antes romántico que atento a la modernidad de la pieza. La sección anterior al coro pierde un poco de pulso. En la poliédrica y fascinante Sinfonía nº 4 el idioma, la arquitectura, la variedad expresiva y la ejecución son muy notables, pero en todos estos aspectos hace falta un poco más de compromiso para que la interpretación, algo plana y aburrida, llegue a convencer. El final resulta plácido antes que inquietante Notable la Quinta, que sobresale por un Largo concentrado y muy hermoso, ya que no particularmente desazonador. El primer movimiento está bien planteado, perdiendo por una sección final en exceso nerviosa. El segundo es espléndido, siempre que aceptemos una comicidad ajena a lo corrosivo. Flojea el cuarto, ayuno de fuerza y rabia. Aunque el arranque de la Sexta carece de toda la la inmediatez y el carácter doliente que necesita –un punto apagado, tristón incluso–, hay que reconocer que el maestro consigue la adecuada atmósfera ominosa en el primer movimiento. Magnífico el segundo, no particularmente incisivo pero lleno de fuerza y convicción. El tercero está muy bien, pero aquí necesita un punto más de desenfado y –al mismo tiempo, en Shostakovich los dos conceptos no son antagónicos– de mala leche. El arranque de la Leningrado resulta muy extraño. Da la impresión de que el maestro intenta quitarle exceso de pompa, pero el resultado es que le falta grandeza. Tampoco le sale bien la marcha, banal cuando no lúdica en la primera parte, y un tanto descafeinada en la segunda. A partir de ahí las cosas mejoran de manera considerable, y Kitajenko acierta a la hora de mantener el pulso, de ofrecer una dosis suficiente de sarcasmo y, sobre todo, de desplegar un intenso aliento lírico, cantable y lleno de humanismo, pero no por ello complaciente. Flojea seriamente la Octava. El primer movimiento resulta lento, flácido e insincero. El segundo y el tercero son correctos sin más, echándose de menos fuerza y rebeldía. La passagaglia es más tristona que doliente. El quinto empieza bien, pero tras llegar al clímax –no muy rebelde– se va deshilachando, en parte porque las intervenciones solistas tampoco son muy allá. Lástima que el segundo movimiento de la Sinfonía nº 9 sea más rápido de la cuenta y no del todo inquietante, como también que al último le falte un poco de tensión, porque el enfoque global es muy certero, antes amargo que lúdico, y las intervenciones solistas –esta vez sí– son de gran sinceridad expresiva. En la Décima el lenguaje es el apropiado y todo está en su sitio, pero el resultado es algo rutinario. Necesita una mayor implicación emocional en la partitura y un trabajo más intencionado del fraseo. En la Sinfonía nº 11 el director ruso apuesta por una interpretación antes “romántica” que expresionista, atmosférica y descriptiva antes que visceral. Alcanza sus mejores momentos en el segundo movimiento, sobre todo en una escena de la matanza descrita de manera adecuadamente convulsa. Al tercero le falta un punto más de tensión interna y grandeza, mientras que el final, que le suena un poco a Star Wars, podría ser más opresivo. El año 1917 es una sinfonía de menor inspiración que la que le precede en el catálogo, no necesitando por parte del intérprete la hondura humanística ni la carga trágica de aquella. Aquí lo que hace falta es frescura, sentido narrativo, solidez en la construcción sinfónica y vehemencia bien controlada. Kitajenko las ofrece y por ello alcanza en ella la cota más alta de su integral. Volvemos al nivel medio con la Babi Yar: dirección muy centrada en lo estilístico y en lo expresivo, con maderas de adecuado tratamiento, pero no del todo rica en el color, ni matizada, ni tensa, por lo que termina aburriendo en los pasajes más débiles de la partitura. Arutjun Kotchinian está muy bien de voz y canta con propiedad, aunque en el primer número suene más suplicante que rebelde y sin mucha ironía. En la Sinfonía nº 14 Kitakenjo ofrece una dirección lenta y con sentido de la atmósfera, pero (¡otra vez!) escasa de pulso y fuerza. El canto de Marina Shaguch es intenso y desgarrado, también algo agrio y poco atento a sutilezas. De nuevo Kotchinian luce una espléndida voz de bajo, pero como intérprete se muestra algo plano. En la Décimoquinta el enfoque es admirable, acertando la batuta en el carácter siniestro de la obra sin caer en superficialidades y sin precipitarse en el último movimiento. Aun así, una vez más se echan de menos variedad expresiva y tensión interna. La toma sonora se realizó entre 2003 y 2004 en dos recintos diferentes, unas en estudio y otras en vivo en la Philharmonie de Colonia. Ni unas ni otras están especialmente bien grabadas. Ahora bien, el formato SACD ofrece un relieve y una carnosidad que compensan las insuficiencias de los ingenieros de sonido. Muy en resumidas cuentas: un ciclo correcto, con su punto más alto en la Sinfonía nº 12 y el más bajo en la Octava, pero globalmente prescindible. No pierdan el tiempo.

Ópera Perú

2 de septiembre

Vuelve Mischa Maisky

Vuelve uno de los mas aclamados cellistas del mundo para una gran presentación, cerrando el Ciclo Sinfónico de la Sociedad Filarmónica de Lima el 10 de setiembre en el Gran Teatro Nacional, junto a los Solistas de Tel Aviv.(Difusión SFL) Mischa Maisky se distingue por ser el único violonchelista en el mundo que tuvo la oportunidad de estudiar con Mstislav Rostropovich y Gregor Piatigorsky. Rostropovich lo definió como “uno de los talentos más extraordinarios de la nueva generación de violonchelistas. Su forma de tocar combina poesía y delicadez exquisita, con gran temperamento y técnica brillante.”Nacido en Letonia, educado en Rusia y después de su repatriación a Israel, Mischa Maisky ha sido recibido con mucho entusiasmo en ciudades como Londres, París, Berlín, Viena, Nueva York y Tokio, así como en los más importantes escenarios del mundo.Maisky se considera como un ciudadano del mundo: «Toco en un chelo italiano, con arcos franceses y alemanes, cuerdas austriacas y alemanas. Mis seis hijos nacieron en cuatro diferentes países, mi segunda esposa es mitad ceilanés mitad italiana; conduzco un coche japonés, llevo un reloj suizo, un collar indio y me siento como en casa en cualquier lugar en el que la gente aprecie y disfrute con la música clásica».Como artista exclusivo del sello Deutsche Grammophon durante los últimos 30 años, ha realizado más de 35 grabaciones con orquestas como la Filarmónica de Viena, de Israel y de Berlín, así como la Sinfónica de Londres, L'Orchestre de Paris, Orpheus Chamber Orchestra y la Orquesta de Cámara de Europa, entre otras.Uno de los hechos más destacados de su carrera musical tuvo lugar en el año 2000, cuando dedicó una gira mundial al gran compositor J. S. Bach, que incluyó más de 100 conciertos. Y con el fin de expresar su profunda admiración por este compositor, Maisky grabó las Suites para violonchelo solo de Bach por tercera vez.Sus discos han sido recibidos también con el entusiasmo unánime de la crítica mundial siendo premiados en cinco ocasiones con el prestigioso Record Academy Prize de Tokio, Echo Deutscher Schallplattenpreis, Grand Prix du Disque de París y Diapason d'Or del Año, sin olvidar varias nominaciones a los premios Grammy.Considerado un músico de clase mundial e invitado habitual de los más grandes festivales internacionales, ha colaborado con renombrados directores como Leonard Bernstein, Charles Dutoit, Carlo Maria Giulini, Lorin Maazel, Zubin Mehta, Riccardo Muti, James Levine, Vladimir Ashkenazy, Giuseppe Sinopoli, Daniel Barenboim, Valery Gergiev y Gustavo Dudamel; y ha compartido proyectos y escenarios con artistas como Martha Argerich, Radu Lupu, Nelson Freire, Evgeny Kissin, Lang Lang, Peter Serkin, Gidon Kremer, Yuri Bashmet, Vadim Repin, Maxim Vengerov, Joshua Bell, Julian Rachlin y Janine Jansen, por mencionar solo algunos.Barak Tal, directorFundador y director musical del ensemble Tel Aviv Soloists, ha dirigido orquestas en las principales salas de conciertos del mundo, como el Carnegie Hall de Nueva York, Konzerthaus de Viena, y el Mann Auditorium de Tel-Aviv.“Barak Tal tiene un estilo único e impresionante... Su libertad y control estructural infunden en el trabajo de apertura de la orquesta con aplomo e ingenio", ha dicho sobre su desempeño el crítico Malcom Miller, de la revista de música clásica Music and Vision.Ha colaborado con muchos solistas internacionales como los violinistas Maxim Vengerov, Ida Haendel, Patricia Kopatchinskaja e Ilya Gringolts, la violista Tabea Zimmermann, el contratenor Andreas Scholl, el barítono Klaus Mertens, los violonchelistas Sol Gabetta, Alexander Huelshoff y Amit Peled, los pianistas Itamar Golan, Ian Fountain, Boris Berman y Alexander Gavrylyuk, los clarinetistas Giora Feidman y Chen Halevi, y el fagotista Sergio Azzolini.Como director invitado, Barak Tal ha actuado con la Orquesta Filarmónica de Israel, Orquesta Sinfónica de Moscú (Rusia), Wroclaw Philharmonic Orchestra (Polonia), Vaasa City Orchestra (Finlandia), Sinfonietta Cracovia (Polonia) y Neue Philharmonie Westfalen (Alemania), entre otras.Ha sido director principal invitado de la Israel Young Philharmonic Orchestra, director musical de la Haifa Youth Symphony Orchestra y Matan Symphony Orchestra; y director asistente de la Israel Northern Symphony.Es destinatario de los premios más importantes de Israel como el Oedoen Partos Award (2006) por su excepcional interpretación de una composición israelí, otorgado por el Ministerio de Cultura de Israel, y del Rosenblum Award (2007) concedido por la Municipalidad de Tel-Aviv. Es además receptor de becas y ayudas de la America-Israel Cultural Foundation.Ha realizado cursos de maestría en Europa con directores como Kurt Mazur, Neeme Jarvi, Jorma Panula, Vladimir Ponkin y Zsolt Nagy. Se graduó en la Academia de Música de Jerusalén, en la Escuela de Música Buchman-Mehta, así como en la Universidad de Tel Aviv, donde estudió dirección orquestal con el profesor Mendi Rodan y Evgeny Zirlin.Los Solistas de Tel Aviv“De lejos, la mejor orquesta de cámara de Israel". (The Jerusalem Post). Fundado en 2001 por su actual director Barak Tal, el ensemble los Solistas de Tel Aviv se ha presentado con artistas de renombre internacional, entre los cuales cabe mencionar los violinistas Maxim Vengerov e Ida Haendel, la violista Tabea Zimmermann, el contratenor Andreas Scholl, el barítono Klau Mertens, los clarinetistas Giora Feidman y Chen Halevi, los pianistas Itamar Golan, Ian Fountain y Boris Berman y el contrabajista Sergio Azzolini.Sus conciertos han sido recibidos con entusiasmo tanto por el público y como por la crítica especializada. "Un nivel de interpretación digno del Carnegie Hall", ha señalado Ara Guzelimian, asesora artística del Carnegie Hall.La agrupación ha actuado en las principales salas de conciertos del mundo, como el Konzerthaus de Viena y el Carnegie Hall de Nueva York, así como en los principales festivales internacionales, como Interlaken Classics (Suiza) y el Festival Arthur Rubinstein (Israel).La orquesta de cámara Tel Aviv Soloists ha recibido un premio a la excelencia de la Fundación Buchman-Heyman, y subvenciones de America-Israel Cultural Foundation y The Rich Foundation.Está conformada por 30 de los mejores músicos jóvenes de Israel, varios de ellos miembros de los más destacados grupos de cámara israelíes, jóvenes solistas y ganadores de diferentes concursos. Este elenco fue formado a partir del deseo de crear una orquesta de cámara profesional integrada por jóvenes músicos del más alto nivel. Actualmente es considerada como la voz fresca y vibrante de la música clásica israelí.Este concierto será este 10 de setiembre en el Gran Teatro Nacional. Las entradas están a la venta en Teleticket. Mostrando la siguiente imagen en los módulos de Teleticket, impresa o desde su teléfono o tableta, podrá acceder a un 20% de descuento en su entrada. Programa W.A. MOZART (1756-1791)Sinfonía Nº 41 en do mayor “Júpiter”Allegro vivace - Andante cantabile - Menuetto (Allegretto) - Molto Allegro P.I. TCHAIKOVSKI (1840-1893)Nocturno en do menor para chelo y orquestaM. BRUCH (1838-1920)Kol Nidrei para chelo y orquesta, op. 47 S. PROKOFIEV (1891-1953)Sinfonía Clásica, op. 25Allegro – Larghetto - Gavotta: Non troppo allegro - Finale: Molto vivace J. HAYDN  (1732-1809)Concierto para chelo y orquesta Nº 1 en do mayorModerato - Adagio - Allegro molto



Ya nos queda un día menos

27 de agosto

Mis favoritos musicales (I): directores de orquesta

Hace poco afirmaba tener unos gustos en interpretación musical muy distintos de los de aquellos críticos que pusieron a caldo, y con una mala leche muy considerable, la interpretación de las tres últimas sinfonías de Mozart por Barenboim en el Maestranza. Creo que va siendo hora de explicar cuáles son esos gustos. Los míos, quiero decir. Porque aunque este blog ha dado durante estos años buena cuenta de ellos, para el lector recién llegado puede resultar interesante saber a qué atenerse y hasta qué punto le puede resultar de utilidad lo que aquí se escriba. Y lo hago empezando por las batutas: poco a poco iré hablando de otras cosas. Ante todo, me gustan los directores-filósofos. Los que se mueven, y cito mi reseña del referido concierto de Barenboim, en el terreno "de la hipersubjetividad musical, entendiendo esto no como la decisión de ignorar lo que dice la partitura, sino la de entender la dirección de orquesta poniendo como base no necesariamente lo que sabemos sobre el compositor, sobre sus presuntas intenciones o sobre la praxis de la época, sino la pura sensibilidad personal del intérprete, su visión del arte, del ser humano e incluso de la existencia, a veces incluso el estado de ánimo en un momento concreto, pero haciéndolo a partir de las posibilidades que esconden las notas y poniendo de relieve cosas que se escondían en ellas y que, al salir a la luz, nos descubren cuánta genialidad hay en las grandes creaciones de la historia de la música". Por eso mismo considero a Wilhelm Furtwaengler el mayor genio de la dirección orquestal del que haya quedado testimonio discográfico. Puede que su técnica no fuera la mejor posible –decían los músicos que no le miraban cuando dirigía, porque sus indicaciones eran erróneas–, pero de un modo u otro conseguía transformar el hecho de la interpretación musical en una experiencia emocional y reflexiva de primerísima magnitud. Experiencia al borde del abismo en los tiempos de la II Guerra Mundial, más claramente filosófica y no poco transfigurada en los últimos años de su carrera. Y eso a costa de lo que hiciera falta, incluso pasando por encima de las indicaciones expresas del compositor. ¿Le han escuchado ustedes el Allegretto de la Séptima de Beethoven? Pocas cosas conozco en dirección orquestal tan subjetivas como estas. Y tan grandes. No duden que si Furt reviviera e hiciera esto en Sevilla, el clan de la cuerda de tripa le apedrearía. Otto Klemperer se sitúa, en principio, en el extremo opuesto. Antirromanticismo puro y duro. Adiós a la delectacion melódica. Rigor absoluto en el tempo. Negación del arrebato temperamental. Desinterés por la belleza sonora. Análisis casi científico del entramado orquestal. Y mucha mala leche. En el fondo, estamos ante una actitud tan subjetiva como la de Furt, e incluso ante una visión del ser humano no muy distinta: trágica, doliente, aunque distanciada del sufrimiento extremo gracias a una buena dosis de humor negro. En los quince últimos años de su carrera alcanzó una genialidad asombrosa. Mi segundo director favorito, desde luego. Carlo Maria Giulini.  El humanismo personificado. El legato al servicio de la más elevada inspiración poética. Belleza sonora extrema y cantabilidad suprema no eran fines en sí mismos, sino una vía para la reflexión, pero esta vez desde un punto de vista distinto al de Furt y el de Klemperer: con el italiano, el dolor se transforma en comprensión, diríase que en reconciliación del ser humano consigo mismo, en una plena asunción de nuestras virtudes y muestras miserias, en un abrazo a la vida –y a lo que pueda haber más allá– sin poner condiciones. Y efectivamente, a este señor también le importaban un pimiento las nuevas vías interpretativas: escúchese su Sinfonía 39 de Mozart con la Filarmónica de Berlín –muy en la línea de la que hizo Barenboim en el Maestranza, pero aún más lenta y densa– y repárese en cómo se puede profundizar más que nadie en las notas manteniéndose por completo a distancia de lo históricamente informado. Ni falta que hace.   No sé si clasificar a Leonard Bernstein dentro de la línea digamos filosófica. Probablemente sí, pero su filosofía fue la del goce inmediato de la vida y de la música; de las melodías, de los ritmos, de los colores, de los grandes contrastes sonoros. Asumiendo incluso que en la vida no solo hay belleza, sino también cosas grotescas, vulgares y hasta desagradables. Quizá por eso fue tan enorme intérprete de Mahler. Y todo ello haciéndolo desde la espontaneidad y desde una subjetividad absoluta, dejándose llevar por la emoción del instante y por cómo se ven las cosas en ese momento concreto, siempre desde una absoluta sinceridad emocional. O casi siempre, porque a veces se dejaba llevar por el narcisismo. Inolvidable director, en cualquier caso, muy especialmente en las dos últimas décadas de su carrera. La filosofía de Sergiu Celibidache, ya se sabe, era zen. Hablar de espiritualidad es un tópico, pero un tópico cierto. Como lo es hablar de divinas lentitudes, desmaterialización y todo eso. Muchas de sus interpretaciones resultaban discutibles, por transgresoras en lo estilístico. A veces el oyente tenía que encontrarse en unas condiciones muy especiales para asimilar lo que este señor proponía. Pero en muchas ocasiones fue genial. Y en el repertorio impresionista, único. Dicen quienes estudiaron con él que su fuerte era su manejo de la polifonía –hizo la tesis sobre Josquin des Prez–, aunque los melómanos admiramos ante todo su dominio increíble del color y, más aún, del tiempo. El tiempo que se convierte en espacio, como decía Gurnemanz. Por cierto, en el Maestranza le escuchamos en su momento una 39 de Mozart de lentitudes infinitas. ¿Qué opinarían hoy nuestros ilustres críticos?  Completo mi lista de favoritos con Daniel Barenboim. Director dramático y combativo, convencido de que la experiencia musical no solo no es una mera distracción, sino que debe exigir un esfuerzo al oyente para su pleno disfrute. En los años sesenta defendió a Mozart como artista más serio de lo que algunos retrataban en sus interpretaciones. En los setenta reivindicó a Bruckner como compositor mucho menos pío y devoto de lo que se pensaba, más lleno de rabia, de dolor, de desafío a la divinidad... En los ochenta su batuta alcanzó control y madurez, probablemente tras la singular experiencia de Tristán e Isolda en Bayreuth, y ya en el siglo XXI su arte se ha enriquecido no solo con la sabiduría que otorga la edad, sino también con una considerable apertura hacia nuevas posibilidades expresivas. Ha dejado entrar en su batuta aspectos como la ternura, la sensualidad, la nobleza, el sentido del humor... Incluso ha aligerado densidades y traído una buena dosis de luz mediterránea a sus interpretaciones. Claro heredero de Furtwaengler, cada día recuerda más al Furt de los últimos tiempos, al menos arrebatado y más reflexivo, aunque a veces da la impresión de que el espíritu de Giulini, también del Giulini más tardío, sobrevuela por su podio. Y el de Celibidache. Por descontado, hay otros directores que me apasionan. No puedo imaginar la música sin la magia sonora de Karajan, la poesía marmórea del último Karl Böhm, la naturalidad de Kubelik, la fuerza telúrica de Reiner, Solti o el primer Abbado, el desgarro de Barbirolli, la nobleza de Sir Colin Davis, la emotividad de Rostropovich, el sarcasmo de Rozhdestvensky, el empuje viril de Muti... Seguro que se me olvida alguno de los que me gustan muchísimo, aunque mis favoritos son los antedichos. No estaría completo mi autorretrato si no confesara quiénes son los que, albergando incuestionable talento, me gustan más bien poco. Toscanini es la antítesis de Furtwaengler, la negación sistemática del desarrollo orgánico del discurso horizontal, de la flexibilidad en el fraseo y de la subjetividad expresiva; le reconozco un fuego enorme a su batuta y admiro muchísimo su Falstaff, pero en general no me gusta. Como tampoco lo hacen Gardiner y Chailly –artistas que admiro mucho en otros repertorios– cuando, sobre todo en estos últimos años, se han puesto a recuperar sus maneras. De Stokoswski decían que era un mago del color. Comparto la impresión, pero también pienso que era un hortera capaz de regodearse en la más chabacana exhibición de mal gusto. Sin llegar a semejantes extremos, Levine suele hacer gala de una evidente brocha gorda. Como el inefable Gergiev, dispuesto siempre a conseguir el aplauso por la vía más fácil. El señor Norrington ha hecho un terrible daño a la interpretación musical: frivolidad, amaneramiento y cursilería elevadas a la enésima potencia, pero disfrazadas de rigor filológico. Parece mentira que engañase a alguien de tan enorme talento como Claudio Abbado –sí, el mismo Abbado que en su juventud era uno de mis favoritos–, empeñado en la última etapa de su carrera en ofrecer las sonoridades más ingrávidas y relamidas que uno se pueda imaginar: su Mozart tardío me parece detestable. Minkowski queda, finalmente, como síntesis entre las vulgaridades de unos y las ligerezas de otros.

Pablo, la música en Siana

13 de julio

El violonchelo que llena

Martes 12 de julio, 20:00 horas. Claustro del Museo Arqueológico de Asturias, Oviedo: Festival de Verano. Gabriel Ureña, violonchelo. Obras de J. S. Bach, W. Lutoslawski y P. Hindemith. Entrada gratuita. Hace años que este joven chelista avilesino levantó el vuelo -como los pájaros que "acompañaron" todo el concierto- dejando la OFil (de la que fue el Principal más joven de España con solo 19 años) para continuar su formación a caballo entre Viena y Florencia con Natalia Guttman entre otros para emprender una sólida carrera como solista que le está llevando por medio mundo aunque como hace dos veranos, volvió a nuestro Oviedo veraniego con otro lleno hasta la puerta. El día gris asturiano resultó el telón ideal para un concierto potente con dos mundos de la escritura para violonchelo: el arranque histórico de J. S. Bach con dos de sus suites, la segunda y tercera, de quienes las leyendas urbanas cuentan que Pau Casals (su conocido El Cant del Ocells fue propina idónea por los pájaros que no callaron durante todo el recital) se desayunaba a diario, la definitiva victoria sobre la viola de gamba para convertirse en el instrumento imprescindible de cualquier formación, más la consolidación actual para esta gran generación de cellistas españoles plenamente universales, dos pesos pesados como Hindemith (1895-1963) y Lutoslawski (1913-1994). Parte del público que siempre atrae un espectáculo gratuito se levantó en medio de las obras sin el más mínimo reparo, otros se fueron tras Bach, puede que creyendo era el final del concierto o bien por el todavía "menosprecio" a unos compositores que forman parte de una misma historia y hace tiempo dejaron de ser contemporáneos para integrarse en los repertorios sin problemas. Las Seis suites para chelo solo de Bach son el compañero para toda la vida de cualquier instrumentista y algo extensible a "todo el universo Bach", al principio se odian cual tortura necesaria, después y con mucho estudio se logran tocar con los mínimos fallos posibles, con los años comienzan a paladearse, pues siempre están ahí, y al final de la vida consiguen disfrutarse. La Suite nº 2 en re menor, BWV 1008 es uno de esos amigos de viaje, seis números únicos individualmente pero que conforman un todo diferenciable en intención, aire, texturas, fraseos y hasta mimetismos. El Preludio es auténtica presentación, la Alemanda una reflexión, la Courante el toque de luz contrapuesto a la oscuridad, toda francesa, de la Sarabande aún de sonoridad renacentista e intimismo emparentado con la citada "viola de pierna", el Minueto abre la puerta al gran salón y la Giga será el viaje pastoral. Gabriel Ureña transitó cada cuadro con una gama de color muy uniforme donde el dibujo primó sobre el fondo, sonoridad rotunda en los graves y un arco que ha alcanzado el camino correcto pero aún sin interiorizar para poder disfrutar de "la segunda". La Suite nº 3 en do mayor, BWV 1009 pese al paralelismo con la anterior en formato, resultó mucho más madura y redondeada, contrastada en todo, con un Preludio decidido y valiente, destacando la Sarabande por el mimetismo sombrío del cello y la alegría de la Giga cual gaita asturiana desde un juego de roncón y melodía bien planteado, olvidándose de pájaros y centrándose en la inmensidad bachiana desde la soledad del instrumento que llenaba cada piedra del antiguo Monasterio de San Vicente, acústica ideal para "Mein Gott", paladeando "la tercera" que además sonó convincente en los seis aires. Cinco minutos para saltar dos siglos en el tiempo, cosas de la magia musical y los distintos idiomas que la gente joven dominan sin problemas en este mundo global. La Variación Sacher (1975) para chelo solo del polaco Witold Lutoslawski (dedicada al musicólogo y director Paul Sacher con motivo de su setenta cumpleaños y estrenada por el gran Rostropovich al año siguiente, verdadero impulsor de esta breve composición) es un lienzo sonoro lleno de arrebato, el contraste barroco actualizado y tamizado por la propia evolución humana donde el trazo es mero rasgo en vez de línea, ágil y espontánea, mientras los colores explotan y la distancia consigue dejarnos intuir motivos sin necesidad de formas concretas, "grafía aplicada a la música y no viceversa" en el entorno monacal de otros pájaros sobrevolando el claustro desde el sonido claro y potente de Ureña, cello actual y cercano, exigente técnicamente pero con la frescura de su generación, acercamiento más llevadero para una impetuosa interpretación llena de cuiadosos detalles y la búsqueda de un sonido propio. La Sonata para violonchelo op. 25 nº 3 (1922) de Paul Hindemith son palabras mayores en escritura e intención que Gabriel Ureña ya ha interiorizado y trabajado en profundidad, dominada la fiera para jugar con los cinco movimientos que indican en sus títulos el camino a seguir casi al pie de la letra: 1. Animado, muy marcado, 2. Moderamente rápido, lento, 3. Lentamente - Tranquilo, 4. Animado y 5. Moderadamente rápido, reflexiones sonoras en cada cuerda y fraseo, en los arcos y el mástil, ligados y "stacati", dobles cuerdas, amplitud de matices, sonata de sonar y llenar anímicamente de principio a fin, siempre la búsqueda de contrastes como toda obra y todo recital que no quiera hacer caer en el sopor, creciendo en cada movimiento hasta el vibrante final con la cuerda en pizzicato resonando en el claustro. Una hora de música llena de intensidad para un chelista como Gabriel Ureña (1989) que sigue engrosando la lista de españoles virtuosos del instrumento de Pau Casals -con su propina ornitológica- o Gaspar Cassadó junto a los jóvenes Asier Polo, Josetxu Obregón, Pablo Ferrández o Adolfo Gutiérrez Arenas, por citar unos pocos. El Festival de Verano arranca con éxito, los martes y jueves citas en la agenda para residentes y visitantes, porque Oviedo es música en todas las ocasiones.

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